martes, 6 de octubre de 2009

VESTUARIO FORMAL

Hombre

Traje de color oscuro (azul marino o gris son los clásicos), con camisa blanca o muy clara y corbata bien combinada. Zapatos negros, con cordones. No confundir con los trajes de etiqueta (frac, chaqué y smoking) que se explican a parte.

Mujer

Traje de chaqueta de vestir o vestido tipo coctel con el largo en torno a la rodilla; en función de la moda del momento se enriquecerá en tejido, línea o adornos. La media, fina, puede ser oscura y el bolso será de tipo cartera.


En la actualidad, los usos sociales tienden a que la mayoría de las reuniones no sean excesivamente formales pero si, al llegar al lugar de la cita le sorprende un ambiente que no esperaba (por exceso o por defecto), procure no obsesionarse porque su incomodidad puede despertar la de los demás.

En previsión del posible desfase, recuerde que es mejor excederse en formalidad que en informalidad; en último caso, siempre caben pequeñas adaptaciones de última hora: quítese la corbata, como si hubiera salido sin ella, o cambie la chaqueta por otra de punto que lleve en el coche (el hombre); despréndase del collar de perlas y colóquese un pañuelo de mucho colorido que lleve guardado en el bolso (la mujer)

EL TRAJE MASCULINO Y EL TRAJE FEMENINO

Según explica James Laver, durante toda su historia el traje ha seguido dos líneas distintas de desarrollo, una de ellas basada en los diversos grados con que el traje se ha ceñido al cuerpo humano, dando lugar a líneas drapeadas o ajustadas, y otra, marcada por el sexo y que ha diferenciado unas prendas como netamente masculinas y otras como exclusivas de la mujer, dicotomía que tiene su ejemplo más claro en la diferencia entre faldas y pantalones.

En la vida real, la mayor parte de las tipologías son mixtas. De hecho, en la antigua Grecia
Tanto hombres como mujeres portaban indistintamente largas túnicas drapeadas y en la época moderna, los pantalones, en otro tiempo permitidos con exclusividad a los hombres, se han popularizado entre las mujeres de todas las edades, sin restricción de ningún tipo.

La diferenciación sexual se manifestó en todas las modificaciones que se fueron produciendo históricamente en la forma de las prendas. Cuando aparecen los trajes abiertos y abotonados en el delantero, lo primero que se aprecia es que las mujeres se los abotonan de derecha a izquierda, en tanto que los hombres lo hacen en sentido inverso. La explicación tradicional de esta divergencia, que se mantiene hoy en día, radica en que la mujer solía colocarse el niño de pecho sobre el brazo izquierdo, debía guardar libre la mano derecha para abrir fácilmente el corpiño y así poder alimentar a su hijo, mientras que por el contrario el hombre debía tener libre la mano derecha para coger la espada, que se colocaba a la izquierda. Aunque antes había una rotunda distinción entre la vestimenta masculina y femenina, hoy en día, sin que pierda masculinidad el hombre ni feminidad la mujer, se han difundido prendas de vestir unisex, especialmente en la ropa informal, llegando a su máxima expresión en las camisetas deportivas. Al mismo tiempo, el hombre ha recuperado la preocupación por su indumentaria, lo que durante décadas se consideró solo propio del género femenino.

El traje masculino

Tanto sus componentes básicos como su forma han experimentado muy escasas variaciones en los últimos cien años. Se han producido cambios puntuales en el largo de las chaquetas, en el ancho de las solapas y en algunos otros detalles de escasa relevancia, pero la estructura fundamental y el concepto de la prenda han permanecido inalterados. Yves Saint Laurent, el gran modisto argelino afincado en Francia, dijo en una ocasión refiriéndose a la indumentaria masculina: “entre 1930 y 1936 se creó un conjunto de líneas básicas que aún prevalece hoy en día como una especie de escala de expresión, dentro de la cual todo hombre puede proyectar su propio estilo y personalidad”.

Originariamente el traje constaba de tres piezas; chaqueta, chaleco y pantalón. El chaleco tenía como misión reforzar la protección de la chaqueta contra el frio, por lo que la calefacción de despachos modernos casi ha acabado con él. De todos modos un buen raje con chaleco es una prenda de la máxima elegancia. La chaqueta, pieza principal, se confecciona básicamente conforme a dos patrones distintos: con botonadura cruzada (también se dice “de dos filas”) o sin cruzar (“de una fila”). Por su parte el pantalón se ha mantenido largo, de la cintura al tobillo.

El traje masculino se complementa con la camisa de manga larga y se leva siempre con corbata, de la que sólo se prescinde en ocasiones o ambientes informales.

El traje femenino

Su prenda característica, y en la cultura occidental casi exclusiva, es la falda, cuya longitud oscila desde hace años en torno a la rodilla, manteniendo una anchura comedida, más bien recta, envolviendo caderas y muslos. En cualquier caso las líneas del vestuario femenino cambian prácticamente todos los años.

La falda se complementa con una chaqueta y guarda similitud con la masculina y que ha copiado de ella, a veces exagerándolos, detalles como el de las hombreras. La chaqueta femenina presenta, sin embargo una mayor variedad de interpretaciones como puede ser la ausencia de cuellos o el acortamiento del cuerpo casi hasta la cintura, así como el añadido de adornos o el subrayado de los botones.

El traje más tradicional, conocido también como “traje de chaqueta”, es el que combina chaqueta y falda. Otra combinación posible en el traje femenino es la de chaqueta y pantalón, aunque se la suele considerar más informal que la anterior.

Con los trajes, la mujer puede llevar camisas, muy semejantes a las de los hombres, o blusas, que se distinguen tanto por su forma (en los cuellos o en su ausencia, en las mangas, en el corte ajustado al talle) como por la variedad de colores y tejidos de su confección. El uso de la falda implica el de medias para vestir las piernas.

Cuando la falda va unida al cuerpo del traje, formando un todo, se denomina “vestido”, y puede llevarse solo o acompañado de una chaqueta del mismo materia y color o adecuadamente combinada.

sábado, 3 de octubre de 2009

LOS GESTOS

En tiempos de los romanos el término “imagen” designaba la mascarilla de cera que los familiares del difunto conservaban con una reproducción de su rostro. Ciertamente, el significado de la palabra no ha variado de modo sustancial, pues con ella seguimos identificando la representación o idea que se tiene de una persona, entidad o producto.

La expresión imagen personal es mucho más amplia que el simple concepto de vestido, pues hace referencia también al conjunto de los rasgos físicos, los gestos, los movimientos, el estilo de caminar, el tono de voz, la forma de mirar, etcétera.

Desde luego, esta es una noción sumamente relativa, pues cada persona se forma su propia imagen, distinta a la que tiene los demás, ante un mismo individuo u objeto.

En todo caso, y de ahí su importancia, la imagen es el primer mensaje de la comunicación entre las personas. Cuando un individuo se presenta ante la vista de otros, mucho antes de pronunciar una sola palabra ha transmitido ya a los demás una infinidad de datos e ideas. Aunque no seamos muy conscientes de ello, todos proyectamos nuestra personalidad a través de la imagen. Multitud de rasgos identificativos, como la cultura, la capacidad de iniciativa o los gustos y preferencias, se revelan con inequívoca claridad en la ropa que vestimos, en la manera de caminar o de movernos, en los gestos más cotidianos y en un sinfín de detalles similares.

LA PRIMERA IMPRESIÓN

Se suele decir que el periodo más critico en el primer encuentro son los primeros cuatro o cinco minutos iniciales. Las impresiones formadas en este tiempo tenderán a persistir e incluso a ser reforzadas por el comportamiento posterior al sujeto, que no será interpretado ya objetivamente sino conforme a dichas primeras valoraciones.

La importancia de la primera impresión que nos causan los demás es decisiva, pues crea en nuestra mente una representación que se convierte en un verdadero prejuicio difícil de modificar. Todos asociamos la imagen de cada persona con ciertos juicios o valores, de modo que nuestro inconsciente genera una especie de filtro que nos hace receptivos a los datos que coincidan con esa imagen y refractarios frente a los que no correspondan a tal esquema. Como reza sabiamente una máxima muy antigua: “nunca se tiene una segunda oportunidad de dar una primera impresión favorable”

Ser uno mismo

Una buena imagen es la que nos sienta bien. Por tanto la primera regla es la subjetividad: lo que para unos resulta atractivo o elegante; para otros puede ser un elemento distorsionador o grotesco. La segunda regla es la sinceridad con uno mismo: de nada sirve pretender ocultar o negar los rasgos fundamentales de nuestro físico o de nuestro carácter. Una persona calva, de estatura baja o talle grueso no será por ello menos atractiva que otras que sean de largos cabellos, altas o delgadas. Otros muchos factores (singularmente, el carácter, el estilo y la forma de hablar y de comportarse) serán los que compongan el cuadro completo de su imagen personal. Hay quienes tienen una envidiable capacidad para convertir los defectos en virtudes.

La manera más segura para que los demás juzguen de forma negativa durante los primeros minutos es sentirse mal consigo mismo. A la inversa, el punto de partida para garantizar un rápida y favorable primera impresión es estar a gusto con uno mismo.

Las apariencias no engañan

La gente le toma a uno por lo que aparenta, de modo que, en principio, no es lógico pretender que nos consideren un caballero si, por ejemplo, vestimos desaliñadamente. Oscar Wilde, con su extremismo característico, llegó a escribir que “solo un imbécil no juzga por las apariencias”.

A pesar de que es habitual encontrarse con máximas que insisten en que lo único que cuenta es la belleza interior, la investigación sugiere que la belleza exterior o atractivo físico desempeña un papel muy influyente en las reacciones que se producen en los encuentros personales. En un primer momento, reaccionamos de un modo más positivo ante aquellas personas que percibimos como más simpáticas y atrayentes.

Se sabe también que algunos de los mayores triunfos en el mundo de los negocios corresponden a hombres que, además de sus conocimientos, poseen la capacidad de comunicarse bien y de saber vender tanto sus ideas como su personalidad.

El siglo de la imagen

El “boom” de la publicidad masiva, que se originó en estados Unidos en los años sesenta y que se tradujo en que todas las empresas estimulasen las ventas de sus productos a través de la capacidad de seducción de la imagen, hizo recobrar vigencia al viejo proverbio chino de que “una imagen vale más que mil palabras”. En la actualidad no sólo se venden coches y lavadoras asociando su imagen a la de mujeres y hombres hermosos, sino que hasta los líderes políticos y sociales basan una buena parte de su éxito en cuidadosos estudios de empresas especializadas que les indican cómo deben vestir y cuáles han de ser sus gestos ante los distintos auditorios. Se ha dicho, con mucha razón, que el siglo XX es el siglo de la imagen.

En una sociedad tan competitiva como la contemporánea, la capacidad para ejercer una influencia sobre los demás es un requisito mínimo para todo aquel que aspire a ejercer cualquier clase de liderazgo. El carisma, entendido como poder de comunicación y seducción, es lo que ha caracterizado s los grandes personajes históricos desde Alejandro Magno a John F. Kennedy.

Es verdad que existen valores mucho más transcendentes en el hombre que los puramente formales. Decía Don Quijote a su escudero “advierte, Sancho, que hay dos maneras de hermosuras;: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena conducta, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo, y cuando se pone la mira en esta hermosura y no en la del cuerpo suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas”.

En todo caso hay que saber ajustar el impacto que crea nuestra imagen y lo que queremos conseguir. No debe olvidarse que la originalidad tiene un precio: salvo en casos excepcionales, a los que la sociedad da una licencia singular (artistas, personajes públicos, etc.), el comportamiento raro y poco común genera habitualmente tensión y antipatía más que admiración.

COHERENCIA Y CREDIBILIDAD

Para mejorar la eficacia de los contactos con otras personas hay que partir de una ley fundamental: la que aconseja mantener una coherencia entre los tres canales de información que se utilizan al transmitir cualquier mensaje. La apariencia exterior, la voz (su tono y modulación) y las propias palabras pronunciadas son tres instrumentos que deben apoyarse entre sí. Cuando uno de ellos no está armonizado con el resto, el resultado puede ser un doble mensaje que sitúa al oyente en una difícil disyuntiva: la de creer en lo que se dijo o en como se dijo. Algunos estudios han demostrado que muchas personas tienden a creer más en la expresión corporal y en el tono de voz que en lo que se les dice.

Un buen ejemplo de la adecuación al medio lo suelen dar algunos políticos: sus palabras, pero también las inflexiones de su voz, los gestos y hasta la indumentaria si se van a entrevistar con un grupo de trabajadores, son bien distintos de los que escogen para defender su programa económico en una asociación de empresarios.

EL UNIVERSO GESTUAL

El lenguaje no verbal es un conjunto de hábitos que se adquieren y desarrollan de forma progresiva desde la infancia y que se manifiestan después en una amplia serie de reacciones automáticas y reflejas, tales como posturas, gestos, el propio modo de caminar, y otras similares.

La mayoría de la gente no se da cuenta de lo mucho que utiliza el lenguaje no verbal a la hora de comunicarse con otras personas, sino que lo emplea inconscientemente.
Muchos individuos que no responden a los cánones de belleza y atractivo físico mayoritariamente aceptados por la sociedad, pueden tener un encanto personal y una capacidad de seducción muy superior a otros, bellos en su apariencia exterior pero sosos o antipáticos en su trato. Esto se consigue, en una buena medida, con un lenguaje corporal agradable.

Los gestos suelen ser un reflejo de sinceridad. De hecho, es bastante difícil engañar a alguien que esté preparado para interpretar el lenguaje no verbal. Sigmund Freud escribió al respecto “aquel que tenga ojos para ver y oídos para escuchar, se dará cuenta de que ningún mortal es capaz de guardar un secreto. Aunque sus labios permanezcan cerrados, hablaran con las puntas de los dedos, todos sus poros rezumarán traición”. Es fácil mentir con la palabra, pero resulta mucho más complicado hacerlo con el cuerpo.

La expresividad gestual, mesurada y prudente es un síntoma de buena salud. A la inversa, las personas deprimidas tienen una expresión fácil triste y una gran pobreza de movimiento en todo el cuerpo. Los gestos deben ser abiertos y comunicativos, pero sin excederse y sin llegar al extremo de resultar artificiales y afectados.

Los nervios y la ansiedad producen una exageración de los gestos que transmite una negativa imagen. Una persona nerviosa tiende a jugar con todo lo que le cae en las manos: bolígrafos, cigarrillos, encendedores… se manosea el cabello, coge invisibles motas de la solapa de la chaqueta, se muerde las uñas… todo esto para desplazar tensiones interiores. En su Tratado de deberes, cicerón dictaba el siguiente consejo: “al estar quietos, al andar, al sentarse a la mesa, el gesto, la mirada, el rostro deben conservarse siempre con decoro y dignidad”.

Para mejorar su imagen, evite los movimientos constantes al hablar, muchas veces nos entregamos animadamente a una conversación y no prestamos atención a ese lenguaje silencioso pero tan visible de los gestos. Ser consciente del mismo es una cuestión de entrenamiento: obsérvese mientras habla, trate entonces de evitar los ademanes y sobre todo, aprenda a relajarse.

Lenguaje universal

La mayor parte de los gestos básicos de la comunicación son los mismos en todo el mundo. Cuando la gente se siente feliz, sonríe, cuando está triste o enfadada, frunce el ceño. Otros ejemplos: inclinar la cabeza en señal de acuerdo, agitar el puño para expresar cólera o amenaza, aplaudir para aprobar, levantar la mano para llamar la atención, bostezar como expresión de aburrimiento, ondear la mano cuando se deja un lugar, frotarse las manos para indicar frio, bajar los pulgares en señal de desaprobación, dar palmadas en la espalda para animar a alguien o tocarse el estomago es señal de hambre.

En las culturas mediterráneas y de Oriente Medio, la frecuencia de la gesticulación es considerada exuberante, pasional y excesiva por parte de las civilizaciones del norte de Europa, que siguen normas de reserva y compostura. Por su parte, un japonés bien educado aprende desde niño a no sostener la mirada y la mantiene baja, provocando así el malestar de sus interlocutores europeos, que miden la franqueza de la relación por la fijeza en las miradas.

Todos los gestos deben considerarse dentro del contexto en que se producen. El lenguaje corporal que sería aceptable en una fiesta animada resulta claramente inapropiado para una reunión de negocios.

EL ROSTRO

Mucha de nuestra información sobre los estados emocionales de otras personas la obtenemos a partir de las expresiones de sus caras, primer lugar a donde miramos al conocer o saludar a alguien. Su actitud hacia nosotros se verá con claridad según el gesto de su rostro: placer o desagrado, interés o aburrimiento, miedo o enfado, sorpresa, disgusto, cólera, felicidad, tristeza…

La cara seguirá siendo el centro de la atención del otro cuando se inicie la conversación. Recuerde, por ello, que los gestos exagerados, los movimientos demasiado rápidos y las contracciones constantes del rostro no siempre dan énfasis a lo que estamos expresando, muchas veces demuestran poco control de nosotros mismos y revelan mala educación.

La mejor literatura universal está plagada de citas sobre la relevancia expresiva de la cara. “Vuestro rostro, mi señor, es un libro donde los hombres pueden leer extrañas cosas”, puso el inmortal Shakespeare en boca de Macbeth.

En casi todas las partes del mundo, mover la cabeza de arriba abajo significa acuerdo, aprobación o afirmación. Asentir con ella es el mejor modo que tenemos de demostrar que estamos prestando atención a lo que dice otra persona.

Mantener la cabeza alta y ligeramente inclinada hacia atrás suele manifestar una actitud alterna e incluso agresiva. Llevarla baja, por el contrario, suele interpretarse como sumisión, humildad e incluso depresión.

No frunza el ceño. Le creará arrugas y quizás aumente sus jaquecas. Si tiene el entrecejo fruncido o mira de soslayo, puede parecer que está enfadado, enojado o de mal humor.

Se interpreta que quien mantiene los dedos sobre los labios proyecta una imagen de falta de seguridad, quien se rasca el cuello manifiesta duda o incertidumbre, quien despega el cuello de su camisa trata de no sentirse incomodo y posiblemente esté provocando una situación engañosa, o quien se da una palmada en la frente acaba de darse cuenta de un olvido. Todos tenemos registradas mentalmente muchas de estas interpretaciones y si vemos a una persona que nos escucha ladeando ligeramente su cabeza recibiremos un signo de interés; si su pulgar aguanta la barbilla y el índice sostiene la mejilla pensaremos que tiene una actitud analítica; y si se acaricia el mentón, que esta sospesando algo, quizás antes de tomar una decisión.

En suma, lo correcto es mostrar animación en las expresiones faciales, dejando que nuestra cara refleje interés. Aunque todo exceso es malo, es preferible que las expresiones faciales sean vivaces y abiertas en lugar de muy controladas y frías.