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sábado, 3 de octubre de 2009

LOS GESTOS

En tiempos de los romanos el término “imagen” designaba la mascarilla de cera que los familiares del difunto conservaban con una reproducción de su rostro. Ciertamente, el significado de la palabra no ha variado de modo sustancial, pues con ella seguimos identificando la representación o idea que se tiene de una persona, entidad o producto.

La expresión imagen personal es mucho más amplia que el simple concepto de vestido, pues hace referencia también al conjunto de los rasgos físicos, los gestos, los movimientos, el estilo de caminar, el tono de voz, la forma de mirar, etcétera.

Desde luego, esta es una noción sumamente relativa, pues cada persona se forma su propia imagen, distinta a la que tiene los demás, ante un mismo individuo u objeto.

En todo caso, y de ahí su importancia, la imagen es el primer mensaje de la comunicación entre las personas. Cuando un individuo se presenta ante la vista de otros, mucho antes de pronunciar una sola palabra ha transmitido ya a los demás una infinidad de datos e ideas. Aunque no seamos muy conscientes de ello, todos proyectamos nuestra personalidad a través de la imagen. Multitud de rasgos identificativos, como la cultura, la capacidad de iniciativa o los gustos y preferencias, se revelan con inequívoca claridad en la ropa que vestimos, en la manera de caminar o de movernos, en los gestos más cotidianos y en un sinfín de detalles similares.

LA PRIMERA IMPRESIÓN

Se suele decir que el periodo más critico en el primer encuentro son los primeros cuatro o cinco minutos iniciales. Las impresiones formadas en este tiempo tenderán a persistir e incluso a ser reforzadas por el comportamiento posterior al sujeto, que no será interpretado ya objetivamente sino conforme a dichas primeras valoraciones.

La importancia de la primera impresión que nos causan los demás es decisiva, pues crea en nuestra mente una representación que se convierte en un verdadero prejuicio difícil de modificar. Todos asociamos la imagen de cada persona con ciertos juicios o valores, de modo que nuestro inconsciente genera una especie de filtro que nos hace receptivos a los datos que coincidan con esa imagen y refractarios frente a los que no correspondan a tal esquema. Como reza sabiamente una máxima muy antigua: “nunca se tiene una segunda oportunidad de dar una primera impresión favorable”

Ser uno mismo

Una buena imagen es la que nos sienta bien. Por tanto la primera regla es la subjetividad: lo que para unos resulta atractivo o elegante; para otros puede ser un elemento distorsionador o grotesco. La segunda regla es la sinceridad con uno mismo: de nada sirve pretender ocultar o negar los rasgos fundamentales de nuestro físico o de nuestro carácter. Una persona calva, de estatura baja o talle grueso no será por ello menos atractiva que otras que sean de largos cabellos, altas o delgadas. Otros muchos factores (singularmente, el carácter, el estilo y la forma de hablar y de comportarse) serán los que compongan el cuadro completo de su imagen personal. Hay quienes tienen una envidiable capacidad para convertir los defectos en virtudes.

La manera más segura para que los demás juzguen de forma negativa durante los primeros minutos es sentirse mal consigo mismo. A la inversa, el punto de partida para garantizar un rápida y favorable primera impresión es estar a gusto con uno mismo.

Las apariencias no engañan

La gente le toma a uno por lo que aparenta, de modo que, en principio, no es lógico pretender que nos consideren un caballero si, por ejemplo, vestimos desaliñadamente. Oscar Wilde, con su extremismo característico, llegó a escribir que “solo un imbécil no juzga por las apariencias”.

A pesar de que es habitual encontrarse con máximas que insisten en que lo único que cuenta es la belleza interior, la investigación sugiere que la belleza exterior o atractivo físico desempeña un papel muy influyente en las reacciones que se producen en los encuentros personales. En un primer momento, reaccionamos de un modo más positivo ante aquellas personas que percibimos como más simpáticas y atrayentes.

Se sabe también que algunos de los mayores triunfos en el mundo de los negocios corresponden a hombres que, además de sus conocimientos, poseen la capacidad de comunicarse bien y de saber vender tanto sus ideas como su personalidad.

El siglo de la imagen

El “boom” de la publicidad masiva, que se originó en estados Unidos en los años sesenta y que se tradujo en que todas las empresas estimulasen las ventas de sus productos a través de la capacidad de seducción de la imagen, hizo recobrar vigencia al viejo proverbio chino de que “una imagen vale más que mil palabras”. En la actualidad no sólo se venden coches y lavadoras asociando su imagen a la de mujeres y hombres hermosos, sino que hasta los líderes políticos y sociales basan una buena parte de su éxito en cuidadosos estudios de empresas especializadas que les indican cómo deben vestir y cuáles han de ser sus gestos ante los distintos auditorios. Se ha dicho, con mucha razón, que el siglo XX es el siglo de la imagen.

En una sociedad tan competitiva como la contemporánea, la capacidad para ejercer una influencia sobre los demás es un requisito mínimo para todo aquel que aspire a ejercer cualquier clase de liderazgo. El carisma, entendido como poder de comunicación y seducción, es lo que ha caracterizado s los grandes personajes históricos desde Alejandro Magno a John F. Kennedy.

Es verdad que existen valores mucho más transcendentes en el hombre que los puramente formales. Decía Don Quijote a su escudero “advierte, Sancho, que hay dos maneras de hermosuras;: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena conducta, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo, y cuando se pone la mira en esta hermosura y no en la del cuerpo suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas”.

En todo caso hay que saber ajustar el impacto que crea nuestra imagen y lo que queremos conseguir. No debe olvidarse que la originalidad tiene un precio: salvo en casos excepcionales, a los que la sociedad da una licencia singular (artistas, personajes públicos, etc.), el comportamiento raro y poco común genera habitualmente tensión y antipatía más que admiración.

COHERENCIA Y CREDIBILIDAD

Para mejorar la eficacia de los contactos con otras personas hay que partir de una ley fundamental: la que aconseja mantener una coherencia entre los tres canales de información que se utilizan al transmitir cualquier mensaje. La apariencia exterior, la voz (su tono y modulación) y las propias palabras pronunciadas son tres instrumentos que deben apoyarse entre sí. Cuando uno de ellos no está armonizado con el resto, el resultado puede ser un doble mensaje que sitúa al oyente en una difícil disyuntiva: la de creer en lo que se dijo o en como se dijo. Algunos estudios han demostrado que muchas personas tienden a creer más en la expresión corporal y en el tono de voz que en lo que se les dice.

Un buen ejemplo de la adecuación al medio lo suelen dar algunos políticos: sus palabras, pero también las inflexiones de su voz, los gestos y hasta la indumentaria si se van a entrevistar con un grupo de trabajadores, son bien distintos de los que escogen para defender su programa económico en una asociación de empresarios.

EL UNIVERSO GESTUAL

El lenguaje no verbal es un conjunto de hábitos que se adquieren y desarrollan de forma progresiva desde la infancia y que se manifiestan después en una amplia serie de reacciones automáticas y reflejas, tales como posturas, gestos, el propio modo de caminar, y otras similares.

La mayoría de la gente no se da cuenta de lo mucho que utiliza el lenguaje no verbal a la hora de comunicarse con otras personas, sino que lo emplea inconscientemente.
Muchos individuos que no responden a los cánones de belleza y atractivo físico mayoritariamente aceptados por la sociedad, pueden tener un encanto personal y una capacidad de seducción muy superior a otros, bellos en su apariencia exterior pero sosos o antipáticos en su trato. Esto se consigue, en una buena medida, con un lenguaje corporal agradable.

Los gestos suelen ser un reflejo de sinceridad. De hecho, es bastante difícil engañar a alguien que esté preparado para interpretar el lenguaje no verbal. Sigmund Freud escribió al respecto “aquel que tenga ojos para ver y oídos para escuchar, se dará cuenta de que ningún mortal es capaz de guardar un secreto. Aunque sus labios permanezcan cerrados, hablaran con las puntas de los dedos, todos sus poros rezumarán traición”. Es fácil mentir con la palabra, pero resulta mucho más complicado hacerlo con el cuerpo.

La expresividad gestual, mesurada y prudente es un síntoma de buena salud. A la inversa, las personas deprimidas tienen una expresión fácil triste y una gran pobreza de movimiento en todo el cuerpo. Los gestos deben ser abiertos y comunicativos, pero sin excederse y sin llegar al extremo de resultar artificiales y afectados.

Los nervios y la ansiedad producen una exageración de los gestos que transmite una negativa imagen. Una persona nerviosa tiende a jugar con todo lo que le cae en las manos: bolígrafos, cigarrillos, encendedores… se manosea el cabello, coge invisibles motas de la solapa de la chaqueta, se muerde las uñas… todo esto para desplazar tensiones interiores. En su Tratado de deberes, cicerón dictaba el siguiente consejo: “al estar quietos, al andar, al sentarse a la mesa, el gesto, la mirada, el rostro deben conservarse siempre con decoro y dignidad”.

Para mejorar su imagen, evite los movimientos constantes al hablar, muchas veces nos entregamos animadamente a una conversación y no prestamos atención a ese lenguaje silencioso pero tan visible de los gestos. Ser consciente del mismo es una cuestión de entrenamiento: obsérvese mientras habla, trate entonces de evitar los ademanes y sobre todo, aprenda a relajarse.

Lenguaje universal

La mayor parte de los gestos básicos de la comunicación son los mismos en todo el mundo. Cuando la gente se siente feliz, sonríe, cuando está triste o enfadada, frunce el ceño. Otros ejemplos: inclinar la cabeza en señal de acuerdo, agitar el puño para expresar cólera o amenaza, aplaudir para aprobar, levantar la mano para llamar la atención, bostezar como expresión de aburrimiento, ondear la mano cuando se deja un lugar, frotarse las manos para indicar frio, bajar los pulgares en señal de desaprobación, dar palmadas en la espalda para animar a alguien o tocarse el estomago es señal de hambre.

En las culturas mediterráneas y de Oriente Medio, la frecuencia de la gesticulación es considerada exuberante, pasional y excesiva por parte de las civilizaciones del norte de Europa, que siguen normas de reserva y compostura. Por su parte, un japonés bien educado aprende desde niño a no sostener la mirada y la mantiene baja, provocando así el malestar de sus interlocutores europeos, que miden la franqueza de la relación por la fijeza en las miradas.

Todos los gestos deben considerarse dentro del contexto en que se producen. El lenguaje corporal que sería aceptable en una fiesta animada resulta claramente inapropiado para una reunión de negocios.

EL ROSTRO

Mucha de nuestra información sobre los estados emocionales de otras personas la obtenemos a partir de las expresiones de sus caras, primer lugar a donde miramos al conocer o saludar a alguien. Su actitud hacia nosotros se verá con claridad según el gesto de su rostro: placer o desagrado, interés o aburrimiento, miedo o enfado, sorpresa, disgusto, cólera, felicidad, tristeza…

La cara seguirá siendo el centro de la atención del otro cuando se inicie la conversación. Recuerde, por ello, que los gestos exagerados, los movimientos demasiado rápidos y las contracciones constantes del rostro no siempre dan énfasis a lo que estamos expresando, muchas veces demuestran poco control de nosotros mismos y revelan mala educación.

La mejor literatura universal está plagada de citas sobre la relevancia expresiva de la cara. “Vuestro rostro, mi señor, es un libro donde los hombres pueden leer extrañas cosas”, puso el inmortal Shakespeare en boca de Macbeth.

En casi todas las partes del mundo, mover la cabeza de arriba abajo significa acuerdo, aprobación o afirmación. Asentir con ella es el mejor modo que tenemos de demostrar que estamos prestando atención a lo que dice otra persona.

Mantener la cabeza alta y ligeramente inclinada hacia atrás suele manifestar una actitud alterna e incluso agresiva. Llevarla baja, por el contrario, suele interpretarse como sumisión, humildad e incluso depresión.

No frunza el ceño. Le creará arrugas y quizás aumente sus jaquecas. Si tiene el entrecejo fruncido o mira de soslayo, puede parecer que está enfadado, enojado o de mal humor.

Se interpreta que quien mantiene los dedos sobre los labios proyecta una imagen de falta de seguridad, quien se rasca el cuello manifiesta duda o incertidumbre, quien despega el cuello de su camisa trata de no sentirse incomodo y posiblemente esté provocando una situación engañosa, o quien se da una palmada en la frente acaba de darse cuenta de un olvido. Todos tenemos registradas mentalmente muchas de estas interpretaciones y si vemos a una persona que nos escucha ladeando ligeramente su cabeza recibiremos un signo de interés; si su pulgar aguanta la barbilla y el índice sostiene la mejilla pensaremos que tiene una actitud analítica; y si se acaricia el mentón, que esta sospesando algo, quizás antes de tomar una decisión.

En suma, lo correcto es mostrar animación en las expresiones faciales, dejando que nuestra cara refleje interés. Aunque todo exceso es malo, es preferible que las expresiones faciales sean vivaces y abiertas en lugar de muy controladas y frías.

RISA Y SONRISA

En la gran mayoría de las situaciones sociales, la sonrisa es una señal con un contenido fuerte y positivo. Por supuesto, también existen sonrisas que denotan inseguridad, engaño e incluso amenaza. Hay sonrisas sarcásticas, burlonas, cariñosas, comerciales… el panorama es aún más amplio, pues este es un gesto cuya gama de posibles intensidades oscila desde la sonrisa breve y tímida hasta la risa abierta o la carcajada sonora.

Es obvio que no siempre resulta correcto emplear las formas más fuertes de sonrisa, sino que habrá que utilizar la que sea más apropiada para cada ocasión. Sonreír inadecuadamente puede crear una impresión tan negativa como no sonreír en absoluto. El sentido de la medida será el que aconseje el estilo adecuado para resolver cada situación, aunque si podemos decir que en las primeras conversaciones son preferibles sonrisas discretas y sencillas. La verdadera sonrisa de acogida amistosa es la que se transmite “con los ojos”. La mayoría de las personas devuelven la sonrisa de saludo y probablemente, los encuentros duraran más de lo que hubiera durado sin ella. La razón evidente: todos tendemos a prolongar las actividades placenteras y a abreviar las desagradables.

A la gente que sonríe se la considera más atractiva que a la que no sonríe. Además, estas personas tiene una credibilidad mucho mayor que la de quienes no muestran expresión facial alguna.

La sonrisa es uno de los fundamentos de la conducta cortés, es contagiosa, levanta el ánimo y es un amortiguador importante frente a la agresión.

La risa es un atributo del ser humano que denota un trato cordial y espontaneo y abre vías de comunicación. Sin embargo, es una manifestación que hay que moderar y ejercer con prudencia. Está bien reírse en una reunión informal, pero en una oficial, si alguien dice algo gracioso es mejor sonreír con discreción, pues las carcajadas ruidosas pueden considerarse fuera de lugar, pudiendo además derivar en molestos ataques de tos.

Algunas personas se ríen nerviosamente a menudo, sin darse cuenta o cuando se sienten incomodas, en un gesto que puede resultar de difícil control. Dado que una risa inoportuna puede tener un efecto devastador, en estos casos es conveniente respirar hondo y pausadamente y hacer un esfuerzo por desviar la atención del problema hasta dominar la situación.

La sonrisa ayuda a dar una bella expresión al rostro, pero debe ser franca, nunca equivoca. Una sonrisa reprimida puede suscitar desconfianza y ser interpretada como una crítica irónica. Sonría como quien extiende una mano amistosa y no se siente capaz de ello, antes de ofrecer un gesto forzado que acabará por notarse, sustituya esa sonrisa por una palabra amable.

LA MIRADA

Los ojos constituyen el centro de expresión de la cara, y es casi infinito el repertorio de mensajes que pueden comunicar. La mirada nunca es neutral, de un modo u otro refleja los mil matices de los mil matices de los sentimientos humanos. Por eso se dice, con mucha razón, que los ojos son, después de las palabras, nuestro medio de comunicación más potente.

Sabemos que bajar la vista es interpretado normalmente como un signo de timidez, modestia o humildad. Los ojos muy abiertos se consideran señal de admiración, ingenuidad o temor. Incluso hemos creado un pequeño diccionario de frases simbólicas referidas al poder ocular, cuyo significado no escapa a la comprensión de nadie: “matar con la mirada”, “tener la mirada huidiza”, “ojos de paranoico”, “mostrar una mirada glacial”, “desnudar con la mirada”, “mal de ojo”, “mirada amenazadora”, etc. Los ojos seducen, amenazan, encantan, hipnotizan… También sonríen y es verdad que “hablan”; por eso es muy conveniente controlar la propia mirada.

La importancia de la mirada se refleja en la gran dosis de comunicación que se produce cuando dos personas se miran directamente a los ojos. A escasa distancia es además fácil de comprobar el hecho de que cuando alguien se entusiasma, se le dilatan las pupilas y cuando se enfada, se le contraen, cambiando de por si la expresión de todo su rostro. Los extrovertidos emplean más la mirada y esta es más larga e intensa que en los introvertidos.

En las relaciones sociales se entiende que lo mejor es mirar de frente pero sin altanería a los demás, evitando por igual expresiones huidizas y retadoras. A este respecto, conviene no olvidar que la duración de la mirada tiene un gran componente cultural, de forma que lo que en algunos países es correcto en otras latitudes puede llegar a ser resultar ofensivo.

La mirada de reojo, aquella que no es de frente, puede ser interpretada como hostilidad, sospecha o crítica y hasta desprecio.

No son recomendables largos periodos de contacto visual en los encuentros iniciales con alguien a quien no conocemos lo suficiente, ya que mantener la mirada unos segundos más de lo que se estima socialmente correcto puede ser considerado como señal de hostilidad o como deseo de llegar a tener un contacto más intimo. En cualquiera de los casos, produce una sensación molesta a la persona que se siente observada. La mirada fija y sostenida suele significar agresión y desafío. Su potencia amenazadora ha sido reconocida a través de toda la historia de la humanidad, y en muchas culturas diferentes existen leyendas sobre el mal de ojo, la mirada que ocasiona perjuicios a quien la recibe.

Por otra parte es difícil aceptar que una persona nos está escuchando si no nos mira. Si de verdad está pendiente de lo que decimos, lo menos que esperamos es que mire hacia nosotros (¡Mírame cuando te hablo!). La razón no está clara, pues es obvio que se puede estar escuchando atentamente aunque se tengan los ojos en dirección opuesta. Pero, como ocurre con tantas otras cosas, no solo hay que escuchar sino que hay que hacer ver que se escucha. Quizá influya la creencia generalizada en la sinceridad de los ojos. Por ejemplo, cuando una persona interroga a otra suele mirarla directamente a los ojos, puesto que se considera difícil mentir y sostener la mirada. A menos que su descaro sea total, los mentirosos tienden a evitar el contacto ocular. Incluso guiñar un ojo (es decir, ocultar momentáneamente la vista) ha adquirido el significado de que lo que se dice no ha de tomarse en serio.

La cortesía occidental también tiene sus reglas. La exploración del cuerpo de arriba abajo se juzga en nuestra cultura como un signo de desprecio y una insolencia. Sobre todo cuando un hombre habla con una mujer, no desviará nunca su mirada por debajo del cuello de aquella. La etiqueta establece también una gran diferencia entre no saludar a una persona simulando no verla o mirarla y negarse a reconocerla, cosa esta mucho más grave.

Gafas

Cuando, porque la ocasión lo requiera, utilicemos gafas con cristales oscuros, debemos entender que, al impedir que se vean nuestros ojos estamos interponiendo una barrera en la comunicación. En estos casos, los demás pueden sentirse como si se les observase a escondidas. Por ello, como regla general resulta incorrecto hablar a una persona llevando gafas de sol, siendo un gesto de cortesía quitarlas en el momento inicial del saludo o la presentación. Solo es permisible mantenerlas puestas si hay una fuerte intensidad de luz y tras pedir disculpas o permiso al oyente (como es obvio, también se quedan en su lugar en caso de tratamiento médico o problemas de salud en los ojos).

CAMINAR Y SENTARSE

Gran parte de nuestra personalidad más secreta se refleja en la postura del cuerpo y, por ello, es necesario controlar las posiciones que adoptamos, posturas que se pueden aprender y corregir para que expresen lo que somos pero también lo que pretendemos y queremos ser.

Al caminar y sentarse, mantenga siempre su espalda recta, además de ser lo adecuado, mejora su salud- la espalda recta no sólo es la postura natural, sino que nos proporciona un aire de seguridad en nosotros mismos que puede ser muy positivo.

Caminar

Caminar con elegancia es uno de los atributos fundamentales de una persona con estilo, de hecho, a las mujeres que aspiran a modelos profesionales se les hace caminar con pesos sobre su cabeza, con el fin de lograr que conserven el cuello erguido y que todos los movimientos de su cuerpo estén determinados por la necesidad de mantener el equilibrio. Conservar la espalda recta y la cabeza erguida (pero si altivez) es un consejo básico.

A la inversa produce una imagen muy negativa ver a algunas personas caminar con los hombros caídos, con el cuerpo echado hacia adelante, con zancadas demasiado largas, o con otros vicios gestuales. Todos esos defectos deben y pueden, ser evitados.

Camine derecho con los hombros rectos y la cabeza alta. No estire el cuerpo de forma artificial, pero en ningún caso deje que se le tuerza ni que sus hombros caigan o su cabeza se incline. El paso ha de ser firme y mesurado, ni muy corto ni a zancadas largas. Es mejor andar despacio, tranquilamente, con convicción, como dueño del terreno, con orgullo y confianza. Ir de prisa indica nerviosismo y le hace parecer un fugitivo.

Cicerón, a quien ya cité, prescribía lo siguiente “al andar debe huirse de una muelle lentitud, como la de las gentes que van en una procesión, y de una marcha apresurada que nos deja sin aliento y nos altera el rostro”.

Todos cometemos fallos y entre los más inoportunos están los tropiezos y las caídas. No se ría jamás si alguien resbala o cae; por el contrario, ayúdele a levantarse y pregúntele si se encuentra bien. Si usted es quien sufre este problema, levántese con toda prontitud y naturalidad que le sea posible y procure restarle importancia en público.

Sentarse

El estilo se pone de manifiesto al sentarse. Como norma general, y salvo situaciones de mucha confianza, no debemos hundirnos en las butacas. En principio, lo correcto es mantener la espalda recta contra el asiento. Tanto hombres como mujeres evitaran cruzar las piernas con posturas muy aparatosas o enseñando a los demás las suelas de sus zapatos.

Elija una silla que le permita sentarse y levantarse fácilmente y que le sitúe a la misma altura que el resto de las personas del entorno. Los sillones hundidos y con dos brazos le obligaran a echarse hacia atrás y a levantarse con dificultad.

Para sentarse, acérquese a la silla, haga una pausa, coordine la parte superior e inferior del cuerpo para no perder el equilibrio, doble las rodillas y siéntese, primero hacia el borde del asiento y con mayor acomodo después. Procure quedar sentado en una posición asimétrica en la silla, lo que le dará un aire más relajado.

Controle, sobre todo, la postura de las piernas. Para una mujer, sentarse con las piernas cruzadas es, en principio, de mala educación y sólo permisible en determinadas circunstancias entre las que no están ningún acto oficial y menos aun si se trata de una ceremonia religiosa. En el caso de cruzar las piernas, las pantorrillas y los tobillos deben quedar ladeados en paralelo. Es preferible cruzar solo los tobillos, aunque lo mejor será mantener los pies juntos y las rodillas también, aunque se vistan pantalones.

En el hombre, cruzar las piernas se considera aceptable, aunque no elegante, siempre que no se muestre la suela del zapato o se moleste a personas que están alrededor. Tampoco es de buen estilo enseñar el final de los calcetines, para lo que se recomienda utilizar modelos “ejecutivos” o altos. La mejor postura es apoyar los pies en el suelo y con las rodillas ligeramente separadas.

En ningún caso se pondrá la silla a dos patas, usándola de balancín, ni se rodearan las patas con los propios pies.

Mientras esté sentado, mantenga su espalda recta aunque sin rigidez y con la parte inferior de aquella totalmente apoyada en el respaldo. Esto se consigue, como es obvio, sentándose bien en el centro de la silla, no quedando en equilibrio sobre su borde. Al levantarse de un asiento, no se doble sobre sí mismo, no arrastre la silla y no se estire la ropa.

Una vez en pie, procure que sus hombros permanezcan erguidos y la cabeza alta, recta pero sin alzar la mandíbula. Recuerde que ponerse en pie es un acto de presencia y hasta cierto punto una demostración de que uno es dueño de sí mismo.

¿QUE HACER CON LOS BRAZOS?

Un problema típico de muchas personas es el no saber qué hacer con las manos, especialmente al presentarse en público. Pues bien, junto a la expresión del rostro y de la mirada, o la forma de caminar, una buena parte del lenguaje corporal se expresa con los gestos de los brazos y manos. Entre ellos, unió de los más habituales es el de cruzarlos, lo cual se suele juzgar como una señal de querer marcar una distancia ante los demás, o al menos como indicio de una actitud defensiva, negativa o nerviosa.

Por tanto, recuerde que es mejor no cruzar los brazos, sobre todo si está de cara al público. Si lo hace, no los eleve hacia el pecho, ni cierre los puños porque así transmitirá una imagen de hostilidad. Pese a la creciente igualdad de roles entre el hombre y la mujer, este es un gesto que resulta particularmente inadecuado en las mujeres.

Si se opta por unir las manos a la espalda, la sensación que se ofrece es de seguridad y autoridad. Con todo, la postura más correcta es la de dejar los brazos cayendo con naturalidad a ambos lados del cuerpo y, si se quiere juntar las manos, unirlas frente a la pelvis, “enganchada” una en otra, mejor sin entrelazar los dedos.

En ningún caso juguetee con monedas, llaves o bolígrafos. Esto es un indicio de nerviosismo y la falta de control de la situación.

¿FUMAR, O NO FUMAR?

Algunos de los gestos que las personas realizan en el ámbito de sus relaciones sociales están determinadas por el rito, tan poco saludable como generalizado, de consumir tabaco, es decir, el hábito de fumar.

Por ello, no está de más insistir en ciertas reglas de respeto y civismo que deberán ser mandamientos ineludibles para cualquier fumador. La regla fundamental es: excepto que no causemos molestias a las personas que nos rodean, y sepamos que es así por habérselo preguntado explícitamente, no debemos fumar en lugares cerrados o espacios reducidos.

En otras palabras, si dos o más personas deben compartir durante algún tiempo un mismo espacio (una habitación, un vehículo, etc.), quien desee fumar ha de preguntar a los demás si les importa que se encienda un cigarrillo.

Las bocanadas de humo se dirigirán a un lugar neutro donde no molesten a nadie, jamás serán orientadas hacia los rostros de los demás y menos a los de los no fumadores. Al terminar el cigarrillo, asegúrese de que la colilla ha quedado completamente apagada.
Cuando estemos de visita en casa ajena, solo fumaremos si el anfitrión nos ofrece un cigarrillo. Únicamente en caso de que la abstinencia se haga muy dura, pediremos permiso para encender uno de los nuestros y, aun así, no deberíamos hacerlo si en la habitación no hay ceniceros a la vista puesto que quien los ha retirado quizá exprese con ello su desagrado al tabaco.

En los locales públicos no se fumará por grande e impersonal que resulte el espacio, no se tirará una colilla al suelo. No se fuma durante las comidas ni en visitas a enfermos ni delante de los niños. Tampoco debería fumarse dentro de los coches. En los ascensores, por razones obvias de seguridad, está prohibido.

Incluso cuando se está fumando en grupo rigen las reglas clásicas de cortesía, como ofrecer fuego a los demás antes de encender el propio cigarro (los caballeros ofrecerán fuego a las damas y las personas jóvenes a las mayores)

Si en vez de cigarrillos hablamos de puros, hay que tener en cuenta que algunas de estas normas deben cumplirse aun más estrictamente ya que el olor de un puro es más fuerte y fumarlo se prolonga durante mucho más tiempo. Si es usted el fumador y lo es de los llamados “habanos”, no olvide que un puro no se debe apagar contra un cenicero, “hay que dejarlo morir con dignidad”, dicen los expertos.

Casos en que no se debe fumar

- En un coche, cuando el conductor no fume.

- En un almuerzo o cena, entre plato y plato.

- Al entrar en el despacho de un superior, aunque este sea fumador, no se llevará un cigarrillo encendido en la mano.

- En presencia de niños pequeños o ancianos. Asimismo no se debe fumar ante personas de las que nos conste que padecen alguna enfermedad.

LOS GESTOS INVOLUNTARIOS O INDEVIDOS

Por supuesto, es de una inelegancia absoluta hurgarse en la nariz o las orejas en público, así como comerse las uñas o bostezar. La etiqueta social impide también rascarse en cualquier parte del cuerpo. En realidad, todas estas conductas tampoco son muy aconsejables en privado.

Los accesos de tos y los estornudos son inevitables, se admiten con normalidad siempre, que al menos, se dirija la cara a un lado y preferiblemente se utilice el pañuelo como protector de la boca. Si estamos con otras personas, será suficiente con decir “perdón” o esbozar un gesto de disculpa, sin darle mayor importancia al incidente.

Eructar, emitir ventosidades o escupir al asuelo son acciones radicalmente proscritas y que, bajo ningún concepto, han de ser realizadas en público.